


Un cañón ficticio, una muerte de sueño… una realidad onírica. Aragggón.

Mis novias mexicanas.
La más alta recaudaba y me hacía un precio especial. La que bebía, usaba mi boca estúpidamente abierta de cenicero cuando la que fumaba me quemaba los ojos.
Y por fin, la de tremendas caderas, me la chupaba sin chupar porque al fin y al cabo es una calavera.
La del micro, un poco escondida tras la madam, se meaba de risa.
Creo que por ahora ya he escrito bastantes tonterías. Mejor voy a otra cosa.
Iconoclasta

Ojalá fuera de verdad, que la muerte nos guiara, estuviera atenta y eligiera en plena calle quien muere.
De hecho es así, sólo que se viste de forma aburrida y anodina.
Quien muere lo hace sin glamour ni un ápice de diversión.
Iconoclasta